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¿A QUIÉN VAMOS A ACUDIR?
Una mirada a la historia de la humanidad nos deja ver que el hombre se ha dejado llevar por la grandiosidad de los imperios y las ideas prometedoras de un mundo mejor. Los imperios se han creado siempre a base de subyugar a los pueblos. Las guerras devastadoras han sido el preámbulo de todo imperio. La muerte, las guerras, la opresión, han sido el colofón de los que suben al poder de los pueblos, de las naciones.
Grandes ideas que han quedado cubiertas por la pátina del tiempo, tan olvidadas hoy como fueron grandes ayer.
Los caudillos, los adalides, los invasores, los señores feudales, los reyes absolutistas solo han quedado plasmados en museos, monumentos de plazas y calles.
Las gentes a lo largo de nuestra historia de veinte siglos han acudido a esas ideas o a esos hombres creyendo, confiando que tenían palabras eternas, y guardaban estas ideas o sistemas como la llave de la sanidad de todos los males, y la plenitud de la vida de la humanidad.
Pisamos la luna en los años de grandes diferencias entre los y otros países «los del norte, los del sur».
Los medios de comunicación nos han acercado a todos y mientras más adelantos tenemos, más difícil se nos hace comunicarnos como hermanos que somos.
¿A quién acudir? ¿Al sistema imperante del momento? ¿A las multinacionales que tienen todo el poder, sin patria, sin constitución y sin personalidad? ¿A los organismos internacionales a quienes mendigamos para que nos oigan, cuando quizás no somos ni voz?
El problema de la humanidad no está fuera de sí, sino dentro sí. El ser humano se encuentra sumido en el adelanto tecnológico y sumergido en un proceso de deshumanización, pérdida de valores, sentido de familia y desenfoque de principios. Todo esto es parte integral de un estado general de ansiedad y depresión.
La humanidad está desesperada, porque donde ha puesto su total confianza y esperanza es algo falso, efímero, limitado, y, sobre todo, es negación de lo que el ser humano busca íntima y profundamente: ser feliz.
Ser feliz, que se resume en ser plenamente persona, poder amar y ser amado; alegrarse y alegrar, ayudar y ser ayudado; vivir no en sí mismo, sino hacia los demás.
Ser feliz, que se resume en poner nuestra confianza en nuestro Padre, que conoce nuestras necesidades más íntimas y nos lo proveerá todo cuando acudamos a Él con la fe de un hijo amado.
Escrito Por: jorgeluisFecha Publicación: 21/08/2009Visitas: 660 Return |
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