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EL SER HUMANO: CREADO PARA VIVIR
Nos interrogamos ante la muerte física. La muerte es el visitante cotidiano que siempre es extraño y nunca deseado. La muerte física es una despedida entre muchas. La muerte física, para los creyentes, no es un adiós para siempre, sino un hasta luego. La dimensión trascendental del ser humano crea en nosotros confusión. Los investigadores científicos y los médicos luchan incesantemente por extender la vida física, como queriéndola hacer eterna y permanente, creyendo que es ahí donde radica ese deseo interior, esa vivencia de trascendencia vital que el ser humano experimenta.
Todo adelanto médico es bueno. La vida es un don de Dios; y nosotros todos somos creación divina, por tanto cocreadores con Él. Todo querer mejorar la calidad de vida es laudable. No obstante, la vida se ha absolutizado, y muchos han pretendido y pretenden que esta vida física puede llegar a gozar de eternidad. La inteligencia del hombre es tan limitada, como ilimitado su pensar y obrar en aras de una vida que comienza, que termina.
El ser humano es materia y espíritu. El espíritu nos lo da Dios y viene de Él. Es el espíritu el que ama, ríe, llora. Es el espíritu el que no muere; sino que, al darse la crisis de la muerte, se abre a la vida eterna. Dios no nos llama a una vida limitada, determinada por un cuerpo, un espacio, una edad. Dios nos llama a la Vida para siempre.
El ser humano es creado para vivir. Sería un absurdo esta vida, si terminara en la brevedad de la materia. Aquí vivimos algo incompleto. No obstante, todo ser humano «sabe» que la paz, el amor, la alegría, la bondad, todos esos deseos que brotan del interior del ser humano, no los experimentamos totalmente. Por eso se dice que el Reino de Dios está aquí, pero no plenamente.
La plenitud solo la gozaremos en la presencia del Padre. Entonces, y sólo entonces, experimentaremos el gozo total. No habrá soledades, ni llantos, solo plenitud del amor de Dios.
La dimensión trascendental del ser humano provoca la búsqueda y las ansias del amor y la paz. El vivir en Gracia de Dios, aquí y ahora, es catar y paladear la gloria eterna.
Los que nos quedamos nos interrogamos ante la muerte física, y nuestro deseo de posesión de nuestros seres queridos nos hace desesperamos. No es aquí, ni en este cuerpo frágil donde la persona es. La persona es el espíritu; y el cuerpo, el instrumento, el medio. No podemos sujetar a alguien que ya no está físicamente. Ese alguien sigue siendo en Dios.
Vivamos la vida como si fuera el último día aquí. Vivamos con el corazón puesto en la esperanza de la Vid: la vida que no se acaba, a la que nos ha llamado Dios. Vivamos exclamando, aquí, ahora y siempre: ¡Ven, señor, ven!
Escrito Por: jorgeluisFecha Publicación: 25/06/2009Visitas: 265 Return |
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