Lo que transformó a los apóstoles y, por ende, a los primeros cristianos fue la certidumbre de que Jesús había vivido esos mismos deseos, esperanzas y contradicciones: estaba vivo para siempre.
Todo el Nuevo Testamento insiste en que la Resurrección es la respuesta de Dios, nuestro Padre, a la cruz. El que ha resucitado es el Crucificado. La muerte de su amor obediente ha sido la muerte de la muerte. La muerte ya no es muerte, sino paso —doloroso ciertamente— a la vida. Jesús es el primero de los salvados.
La Resurrección de Cristo es el sacramento, signo eficaz de nuestro paso.
La Eucaristía es ahora el signo, Sacramento de Cristo Resucitado.
La Resurrección hoy la encontramos en la alegría del que se vuelca en el camino, que es Jesús. Solo Su paz, sólo Su amor, Su gracia, nos bastan. Todo lo que somos, lo que hacemos, lo que queremos: todo ha sido dado por Él, y a Él todo.
Vivir en la Resurrección de Cristo es vivir en el pueblo de Dios, que vive en Eucaristía, Sacramento del Resucitado hoy.
Vivir en la Resurrección de Cristo es ser, convertirse en Eucaristía.
Vivir en la Resurrección de Cristo es optar por el abandono en Él —en la comunidad, en obediencia— y en entrega de amor.