El absurdo está en la creencia del absolutizar lo físico, lo material. Esto es efímero, frágil, perece, por su condición. La materia no es absoluta, es relativa.
Hoy celebramos la fiesta de las fiestas de nuestra fe: la resurrección de Jesús y la nuestra.
San Pablo dice así: «Como hemos muerto con Cristo, resucitaremos con Cristo». No solo la afirmación de Pablo, sino la certeza que nos viene de la experiencia misma que vivimos al constatar el absurdo del absoluto, de lo efímero y la experiencia espiritual que, como humanos, experimentamos en nuestro propio ser.
La experiencia del amar y ser amado, la experiencia del sentir, de la estética, de lo bello, de lo justo; la diafanidad de lo que traspasa, trasciende; la inexplicabilidad —con palabras— de lo que experimentamos —lo que llamamos «experiencia»—, todo esto apunta y no sólo apunta, sino que desnuda la trascendencia; y esta solo nos confirma la resurrección. Vivir en la trascendencia es vivir en la resurrección.
La experiencia del Resucitado nos abre el camino a todos; camino que es pasion-muerte-resurrección. No puede haber resurrección sin pasión y muerte. ¿A qué? Al absoluto de lo material.
La experiencia de la resurrección se da en la medida que se vive en la gracia de Dios, pues vivir en la gracia es vivir en resurrección; gozar de aquello que es vivir Su presencia.
El Espíritu no muere, se transforma. Creer en la Comunión de los Santos, es creer en la Resurrección. Jesús hoy ha resucitado y nosotros tenemos la posibilidad de resucitar con Él.
La muerte no tiene victoria. La victoria sólo es de Dios.