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LA FAMILIA, LUGAR DE ACEPTACIÓN

Dios es quien nos ha hecho. Aceptarme como soy, y aceptar la realidad es aceptar a Dios. Mirar la vida con los ojos de Dios es aceptarla; este es el primer paso de salvación espiritual y de salud mental.

Mirar la vida con los ojos de Dios es aceptarla; este es el primer paso de salvación espiritual y de salud mental. Aceptar la realidad como el pájaro acepta sus alas: para volar. Lo importante es no empezar a quejarse del tipo de alas.

Dios es quien nos ha hecho. Aceptarme como soy, y aceptar la realidad es aceptar a Dios. Mirar la vida con los ojos de Dios es aceptarla; este es el primer paso de salvación espiritual y de salud mental. Aceptar la realidad como el pájaro acepta sus alas: para volar. Lo importante es no empezar a quejarse del tipo de alas.

Aceptar no es frenarse. El sentido de la realidad no es la inercia; hay que abrazar lo que existe, lo que es, para sacar el mayor partido de las cosas y de la vida como es. La vida toda vida es una maravilla. Maravilla de Dios que nosotros olvidamos y nos quedamos con la miseria por la que nosotros los humanos hemos optado.

La aceptación comienza por aceptarnos tal cual somos. Sólo cuando soy capaz de mirarme con honestidad y de darme cuenta de quién soy, esto es, de ver aquello que en mí me da vergüenza, o rabia o impaciencia, y lo acepto, que quiere decir crecer en la paciencia y en tolerancia hacia uno mismo.

Hacerse violencia nunca ayuda al crecimiento. El cambio no puede forzarse; mientras más nos forzamos sólo hacemos reforzar esa tendencia y así se imposibilita el cambiar. Sólo cuando uno se acepta en totalidad, comienza uno a cambiar como persona, «aceptando los hechos», amoldándome a la situación, reconciliándome conmigo mismo y el cambio se dará por sí mismo.

La aceptación es la clave para vivir. Mientras no nos aceptemos, no aceptaremos a los otros ni las circunstancias. El deseo de cambiar a otros como de cambiarse a sí mismo viene fundamentalmente de la intolerancia. Si el factor de intolerancia no está, el cambio será sano. ¿Se imaginan qué felices serían nuestras familias si cada uno de nosotros dejara de querer cambiar a los otros?

El deseo de perfección que se nos ha inculcado desde el principio ha aguzado nuestro espíritu crítico. Debemos ensanchar nuestros horizontes; hagamos de la aceptación y no de la crítica la base de nuestra conducta con los demás y con nosotros mismos.

No nos podemos aventurar por los caminos del mundo, ni de la vida apostólica, si no poseemos un buen grado de seguridad en nosotros mismos. Para alcanzar seguridad, tenemos que llegar a sentir nuestra propia valía; y la única manera de sentir honda y eficazmente nuestra propia valía es vernos y sentirnos aceptados y amados como personas.

Los éxitos y los logros en la vida no dan seguridad interior. El éxito en el trabajo sin base afectiva que lo equilibre es peligro inminente de depresión para el trabajador incansable. El éxito me dice que mi trabajo es valioso. El amor me dice que yo soy valioso.

Ama todo de corazón y basta. Lo importante no es que yo me sienta aceptado y amado por otros sino que yo los acepte y los ame. Esperar a que otros me acepten, me quieran, me hace depender de ellos, lo cual pone en peligro mi seguridad afectiva; mientras que el amarlos yo está en mis manos y así quedo libre e independiente.

Amar y ser amado va junto, pero es sumamente importante dónde se pone el acento. Ama y acepta a los demás y no dependas de lo que los demás te hagan o te dejen de hacer. Si somos capaces de proceder de este modo, nuestras familias serán felices y viviremos en aceptación y paz.

P. José Antonio Esquivel, S.J

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